Relatos de un profesor

2020-05-14 22:05:52

Relatos de un profesor. ¿Por qué soy profesor?

¿Por qué soy profesor?… Es una pregunta que en muchas ocasiones a los docentes se le hace por parte de sus educandos, unas veces por capar clase, otras porque les hace divertida la forma de ser del docente., otra por grado de afinidad del docente frente a el salón de clase u otras porque el docente no cumple las expectativas de los que están sentados en el aula de clases esperando lo que nunca tendrán de él.

Son tantas las veces y de las formas que cada uno se puede imaginar que se hacen estas preguntas en un salón de clases. Soy una persona del común, quizás como muchos de mis compañeros que han llegado a la educación sin ser lo que anhelaban cuando niños.

Nací de una familia humilde por no decir pobre económicamente, pero rica en cariño, ternura y abundante amor. El quinto de seis hermanos. Mi niñez es la más linda que jamás un rico de la ciudad podría tener.

Vivíamos en una casa pequeña retirada del pueblo, al menos de donde me recuerdo ya que mis hermanos mayores me relatan otras historias que no están en mi mente de mis primeros años de vida. Mi casa era tan pequeña, para vivir seis en este tiempo, que no me explico cómo en una pieza podríamos dormir ocho personas, una cocina grande, con un fogón hecho de barro y curado con la ceniza del mismo fogón.

Todos los días por la tarde cuando mi madre recogía los chócoros o trastes de la cocina, para lavarlos y dejar todo organizado para el otro día, el piso de la cocina era en tierra o barro, mientras el de la pieza y el de la sala era de cemento… si de cemento. Una sala que en las noches se convertía en habitación para dormir mis padres o quien nos visitaba, solo era tirar una estera o un catre de madera que consistía en cuatro palos dos de cada lado en equis o cruz, con una lona que al abrirse se convertía en una rica y cómoda cama que todos nos peleábamos por acostarse en ella.

Mi niñez fue hermosa e inigualable. Ricos en medio de tanta pobreza, ricos porque en una sola habitación nos compartíamos el calor de todos acostados de dos o tres en una cama. ¡Ah!, y No nos dormíamos hasta que no llegara nuestro padre, todos los días tarde la noche, después de un largo día de trabajo y digo tarde tipo 7 o 8 de la noche por que como todos en el campo nos levantábamos temprano con el cantar del gallo y las gallinas.

Feliz día del Maestro

Siempre traía consigo por lo general en dos baldes agua masa o desperdicios que eran de los restaurantes, donde lo conocían y sabían que por la tarde luego de salir de su trabajo pasaría recogerlos… si, sobrados para echarle a los cerdos y a los animales. En su mochila, siempre había algún premio, bien sea panes, galletas, dulces o frutas de las que no teníamos sembradas en la finca. En los bolsillos traía monedas, que por lo general le tocaban a quien apresurado al verlo corría y le abrazaba y le ayudaba a cambiar su ropa, por ropa limpia para sentarse a cenar y después contarnos historias que en muchas ocasiones ni el mismo se creía. Siempre nos peleábamos por ayudar al viejo. Sí que disfrutábamos verlo llegar, para ganarnos un dulce, unas galletas o si estábamos de buenas unas monedas, de centavos o pesos jajajaja. ¡cosas de la vida!. Sabiendo que al otro día se las dábamos a nuestra madre para comprar las cosas de la casa.

Mi madre toda una dama, una señora de esas de antes, que esperaban a sus esposos en su casa, alegres y con los brazos abiertos, siempre tenía en el fogón, agua tibia, para luego revolverlo con agua fría para que mi padre se bañara con una totuma con agua tirada en un baño cerca la casa, hecho de tablas y con una cobija vieja que hacía las veces de cortina. Todas las noches mientras mi padres se bañaba, empezábamos a organizar la reunión familiar, unas veces bajo el palo de mango, otras bajo un árbol grande de marañón chocoano, pera, o poma rosa como lo llamaron después, pero lo que si se, es que era de todo menos pera… al menos a hora que soy adulto ya lo entiendo y conozco la verdadera pera. En algunas ocasiones nos sentábamos a la orilla de la poza o laguna como la llamaban los que nos visitaban, era de todo lo que quisieran pero para nosotros era nuestra piscina natural, en ese tiempo ni de piscina sabíamos, es más ni sabíamos que existiera algo llamado así… ¿Éramos felices?… sí que lo éramos, sin tener nada y teniéndolo todo, o la vez no tener nada más que la felicidad de una familia unida. Me acuerdo que cuando llovía, nos quedábamos en la cocina, cuyo techo era de paja, mientras la pieza y la sala el techo era de láminas de Zinc. Con el fogón encendido a fuego lento que alumbraba por no tener energía eléctrica, alumbrado por mechones de petróleo o A.C.P.M., hechos en botellas de Baygon o envase de vidrio, con una mecha de algodón, que aparecía en su tapa y con la que nos alumbrábamos toda la noche.

Era noches de historias que podían durar o ser cortas dependiendo del cansancio de nuestro padre al regresar en la noche. No nos faltaba nada, teníamos una poza grande llena de agua, donde nos bañábamos día tras día, comíamos mango, guayaba, guamas, naranjas, mandarinas y todo lo que quisiéramos. Solo con tener ganas e ir a los arboles a cogerlos. Comíamos sano. Pescado fresco, que atrapábamos o cogíamos en la madrugada con arpón, nailon, atarraya o con costales viejos que hacían las veces de tramperas para atrapar pescados, que luego serían preparados por nosotros mismos. Del tamaño que nosotros quisiéramos, fresco o salado, comíamos mejor que muchos a pesar de las condiciones de nuestra casa fuese humilde, pequeña pero llena de calor humano.

En las celebraciones no faltaba la gallina, el marrano o la carne de res. Nunca nos faltó la sopa al medio día. Los huevos frescos al desayuno acompañado con pan y agua de panela o chocolate hecho por mi madre de cacao con ojo de vaca, ¡Jum! sí que me acuerdo, pero ustedes no están preparados para esta conversación… Había días de carnes silvestres cuando se podía cazar sin temor a acabar con los animales, pues no lo hacíamos por trofeos o por acabar con las especies, lo hacíamos por sobrevivencia, se casaba con reglas claras y precisas que ponía mi padre cuando salíamos a cazar o a pescar. Solo se cogía el más viejo o el pescado más grande que ya estuviera listo para no acabar con los pequeños….¡Ah! y hay de que uno no hiciera caso, ¡Ja! el regaño era monumental y el castigo sí que más, se dejaban los animales pequeños que pudieran sobrevivir esperando que crecieran solos, los que no, que caían en las trampas los llevamos a la casa y los cuidábamos para luego liberarlos en el monte, para casar de nuevo, cuando estuvieran más grandes.

Comíamos. Ponche, guagua, conejo de monte, tatabra, gallinetas, guacharacas. Cazábamos palomas guarumeras o tierreritas, tórtolas “en otro cuento les contare sobre las tórtolas y porque mi hermano lo llamaban tortolo,” y animales limpios, nunca nos pasábamos de tres, no importaba que hubieran muchos solo la cantidad precisa para llevar a la casa y alimentarnos en familia. Desde muy chicos nuestros padres nos inculcaron que debíamos estudiar…siempre ese era su legado, en especial de mi padre, que siempre recordaba que la mejor herencia que nos daría por encima de un pedazo de tierra era la educación.

Me acuerdo como si fuera hoy, que un día mi padre nos colocó a limpiar un sembrado de arroz, y entre palabra y consejos al vernos cansado nos dijo. “como les parece el lapicero que están usando… refiriéndose al machete, o prefieren el de la escuela. Al que siempre preferíamos más que estar tirando machete.

Desde muy chicos nos enseñaron, a cuidar los árboles, a respetar los animales, sobre todo la cadena evolutiva de mayor a menor, el agua era sagrada, el respeto por el hermano mayor siempre prevalecía. Se sabía cuándo se podría pescar, coger los frutos, sembrar, de acuerdo la Luna, cuando las gallinas estaban a punto de poner y cuando ponían y hasta donde lo hacían, sabíamos si una gallina o gallo estaba enfermo, de mal de fiebre, pepita u otras enfermedades y hasta como curarlos sin ser médicos o veterinarios. Era tan rara la cosa que sabíamos cuando un gallo serviría para coger las gallinas o cuando saldría malo con solo observar le la cabeza y sus aretes detrás de las orejas. jajaja si aretes, así le llamábamos a las orejas de los gallos, que según mi madre si eran rojas sería un buen gallo, pero si eran blancas, lo engordaríamos y para la olla.

Si… ¿Ahora entienden por qué soy profesor?. Y me gusta estudiar más que el otro lapicero

Luis Javier Rivas

Docente Departamento de Antioquia

Fuente: Javier Rivas, El Tertuliadero

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